Los resultados de la prueba PISA de la OCDE encendieron una alerta en matemáticas y lectura. Qué significan y qué podemos hacer.

Cada tres años, aproximadamente, la OCDE aplica la prueba PISA a estudiantes de 15 años en decenas de países. Sus resultados suelen generar titulares, debates y, a veces, alarma. La edición 2022, cuyos resultados se publicaron en diciembre de 2023, dejó una señal de atención para México. Vale la pena entenderla con calma: ni minimizarla ni convertirla en una sentencia. Una prueba ofrece una fotografía, no una explicación completa; pero esa fotografía dice cosas que conviene leer con cuidado.
Antes de los números, conviene precisar qué evalúa esta prueba. PISA no busca medir cuánto contenido memoriza un estudiante ni si domina el programa de un grado específico. Su objetivo es otro: comprobar si los jóvenes de 15 años pueden usar lo que saben para resolver situaciones nuevas en tres áreas —matemáticas, lectura y ciencias—, con un énfasis en la aplicación más que en la repetición.
PISA no mide cuántos datos memoriza un estudiante, sino si puede usar lo que sabe para resolver problemas nuevos.
Esa orientación hace que sus resultados sean especialmente útiles para detectar dónde fallan las competencias de fondo: la comprensión, el razonamiento y la capacidad de transferir conocimientos de un contexto a otro. También explica por qué un país puede tener buenas calificaciones escolares y, aun así, resultados modestos en PISA.
México obtuvo un promedio general de alrededor de 407 puntos, frente a los 478 del promedio de la OCDE. Desglosado por materia:
Fue uno de los resultados más bajos del país en casi dos décadas. En el conjunto de los países miembros de la OCDE evaluados, México se ubicó cerca del final de la tabla, alrededor del lugar 35 de 37. Es un dato que conviene tomar en serio, pero también leer en contexto.
Ningún resultado de 2022 puede entenderse sin recordar lo que vivieron las escuelas en los años previos. La interrupción de clases presenciales durante la pandemia afectó los aprendizajes en buena parte del mundo, y México no fue la excepción. La caída no fue exclusiva de un país; muchos sistemas educativos retrocedieron de forma simultánea.
Esto no convierte los resultados en algo menor, pero sí ayuda a interpretarlos: una parte del descenso refleja una disrupción global y extraordinaria. La pregunta relevante hacia adelante no es solo qué tan bajo se cayó, sino con qué velocidad y con qué estrategias se recupera el terreno perdido.
El dato que más llamó la atención está en matemáticas. Solo alrededor de uno de cada tres estudiantes —cerca del 34%— alcanzó el nivel básico, el llamado nivel 2, frente a aproximadamente 69% en promedio en la OCDE. Es una brecha considerable.
Conviene entender qué significa ese nivel 2, porque ahí está la verdadera señal. No se trata de cálculos avanzados ni de temas sofisticados: el nivel 2 implica algo más elemental y, a la vez, más profundo —interpretar y representar matemáticamente situaciones sencillas sin instrucciones directas. Es decir, enfrentar un problema cotidiano y reconocer, por cuenta propia, qué operación o razonamiento aplica.
Que dos de cada tres estudiantes no alcancen ese umbral sugiere que el reto no está tanto en los contenidos difíciles, sino en algo más básico: convertir las matemáticas en una herramienta de pensamiento, y no solo en una serie de procedimientos que se memorizan para el examen.
En lectura el panorama es algo mejor, pero igualmente exigente. Cerca de la mitad de los estudiantes —alrededor del 53%— alcanzó el nivel básico (nivel 2), frente a aproximadamente 74% en la OCDE. Dicho de otro modo: casi la mitad de los jóvenes evaluados tuvo dificultades para realizar tareas de comprensión consideradas fundamentales.
La comprensión lectora merece una atención especial porque no es un asunto exclusivo de la clase de Español. Es la base sobre la que se construye el aprendizaje en todas las materias: quien no comprende bien un texto difícilmente podrá seguir una instrucción matemática, interpretar un experimento o analizar una fuente histórica. Por eso, fortalecer la lectura tiene un efecto que se extiende mucho más allá de una sola asignatura.
Frente a datos como estos, es fácil caer en dos reacciones opuestas e igualmente poco útiles: la alarma catastrofista o la negación. Ninguna ayuda. Vale la pena recordar algunas ideas para interpretarlos con equilibrio:
Leídos así, los resultados dejan de ser una condena y se vuelven un mapa: imperfecto, pero orientador.
Si PISA señala dónde poner atención, la conversación más productiva es qué hacer al respecto. La evidencia educativa apunta de manera bastante consistente hacia algunos énfasis:
Ninguno de estos cambios es inmediato ni depende de una sola medida. Mejorar los aprendizajes es un trabajo de mediano plazo, sostenido y compartido entre autoridades, escuelas, docentes y familias.
En Superfy Education creemos que mejores materiales son parte —no toda— de la respuesta: libros que expliquen bien, que conecten con la realidad y que pongan la comprensión por delante de la memorización. No resuelven por sí solos los retos que PISA hace visibles, pero sí ofrecen una base sólida desde donde docentes y estudiantes pueden construir.
Con información de la OCDE (PISA 2022) y análisis de IMCO y Mexicanos Primero.


